Real Madrid

Si luchamos podemos perder,si no lo hacemos,estamos perdidos.

Atletico 0-2 RealMadrid

Posted by miguelbtsa(Admin) en enero 21, 2008

No es la suerte. Nadie gana repetidamente por suerte. Tampoco creo que la explicación se encuentre en ningún tipo de superioridad psicológica ni en el peso de la historia. No es el juego, ni el fútbol, ni las ocasiones. El Atlético pierde, sencillamente, porque no es tan bueno como el Madrid. O mejor dicho: porque no tiene tan buenos jugadores y, si los tiene, son menos. Así sucede desde 1999, y bastaría con repasar las plantillas para entender por qué el Atlético acumula nueve años sin vencer.

Habrá quien señale el gol de Raúl a los 31 segundos como una prueba de la fortuna del Madrid. Sin embargo, es una muestra de la diferencia de talento. De hecho, no hubo nada fortuito en la jugada, ni rebotes ni resbalones. Pablo se equivocó dos veces: perdió primero el balón donde se debe perder antes la vida y luego fue incapaz de detener a Robinho. El Atlético lo pagó con un gol. Entiendo que el golpe hizo mucho daño, pero no lo justifica todo. Recuerdo que en la ida el Madrid se repuso a un tanto de Agüero antes del primer minuto.

A partir de entonces hay que reconocer el esfuerzo del Atlético por empatar y su dominio de la primera parte. Jugó bien a ratos y enlazó varias ocasiones, aunque nunca se libró de la amenaza de un contragolpe mortal. En esos momentos, el equipo de Aguirre se hubiera transformado totalmente con un simple cambio de cromos: Abbiati por Casillas. Otra cuestión de talento.

El partido pareció inclinarse a favor del Atlético cuando Pepe se lesionó. Aquello pudo entenderse como una compensación divina, pero no lo fue tanto: Ramos se desplazó al centro y Salgado tomó el lateral derecho. Apenas ninguna debilidad si pensamos que Simao pasó de estar ausente a estar lesionado. El partido era un combate. Siguiendo una vieja consigna de Aguirre, cada vez que Guti alcanzaba el balón recibía una patada que él, a su vez, interpretaba como el disparo de un francotirador. Y el Madrid contestaba. Torres repartía desde su banda y después pedía perdón con cara de compungido, lo que solía resultar convincente. Los codos se movían como aspas de molino. Si el árbitro hubiera tenido el día beligerante, no habrían finalizado los 22 sobre el campo.

El Atlético se había apoderado del juego, pero el Madrid estaba a medio metro del gol, que era la distancia que le marcaba, persistentemente, el fuera de juego. En el fondo, esa situación era una metáfora de las filosofías de cada uno. Mientras el Atlético mantiene un concepción romántica del derbi, el Madrid se concentra en ganarlo. Pasados 20 minutos, apareció el Kun. Su primera intervención no llegó a serlo porque Cannavaro le arrebató de la bota una pelota que le caía llovida. Un minuto después, se movió por la frontal burlando enemigos y, tras mucho divisar, descubrió a Forlán, que no dudó en lanzarse contra Casillas y soltarle un chut que era un puñal. Iker repelió con alguna parte del cuerpo, sin que pueda identificarse cuál y sin que importe mucho, porque se trata de un portero integral.

Al larguero.

Fueron los mejores instantes del Atlético. Acto seguido, Forlán tocó un balón en el segundo palo y no encontró rematador. Después, un crujido sacudió el Calderón. Simao sacó un córner y Motta lo remató en el primer poste, marcando los movimientos de los buenos cabeceadores, que son los mismos giros de cuello de las guapas que se colocan la melena. El remate se estrelló en el larguero.

Y hubo más. No habían pasado diez minutos cuando Raúl García cabeceó un centro de Maxi que entrañaba todos los peligros para el guardameta humano: balón cruzado y remate fuerte que bota medio metro antes de la portería. Iker despejó con apuros, lo que demuestra que no es totalmente sobrenatural. Para culminar el asedio, el Kun se inventó un disparo mortífero donde otros sólo hubieran sacado enredos. Estaba en el área, coincidió con la pelota y no se lo pensó. Tiró. El disparo tomó de pronto un velocidad imprevista y se estrelló contra el larguero, después, eso sí, de que Casillas hubiera desviado la trayectoria con las yemas de los dedos o con las yemas de Santa Teresa, que no está claro. Entonces, no hubo rojiblanco en el mundo que no se temiera lo peor. Hubo quien se sintió absolutamente condenado y comenzó a lamentarse. Si la telepatía tiene algún poder, es evidente que en estos casos no hace mucho bien al equipo.

A los dos minutos de esa oportunidad, Sneijder sacó un córner y Van Nistelrooy golpeó el balón sin dejarlo caer siquiera, favorecido por la obsesión de Pablo, que perdió de vista la pelota por cubrir al delantero y que al final no hizo ni una cosa ni la otra. Abbiati pareció llegar a tiempo, pero no lo logró, cayó como un fardo y la pelota acabó en la red. Entonces fue imposible no comparar al portero italiano con Casillas y no fijar en ese puesto una de las diferencias del partido. Otra vez el talento.

La segunda mitad fue otro mundo, más gris. El único tren que hubiera cambiado el partido pasó en forma de penalti de Salgado a Agüero, pero la jugada fue extraña y el Kun sobreactuó en la caída. No obstante, hubo patada del lateral, aunque fue de esas que duelen sin derribar, como las que recibes en la oficina o en el metro, en lugares donde nadie rueda por el suelo porque te manchas.

Dominio.

La segunda parte sirvió para que el Madrid mereciera los goles que había marcado en la primera. Para ello fue necesario que el equipo lo dominara todo, de la reanudación al final. Y en este sentido, el centro del campo jugó un papel fundamental. Gago firmó uno de los mejores partidos que se le recuerdan, de una sobriedad aristocrática. Sneijder marcó una velocidad más a los movimientos del equipo y Guti cumplió como suele. Arriba, Raúl exhibía esa concentración extraordinaria que le acompaña casi siempre y se le multiplica contra el Atlético.

Los anfitriones ya no existían. Reyes no había aportado nada en sustitución de Simao, lo que hace ser pesimista sobre su futuro, porque esta vez tenía minutos y motivación, o eso se supone. Motta pagó su inactividad al quedarse sin fuelle y Raúl García no fue suficiente para sostener a un grupo que no creía en el milagro porque no se fiaba de sus espaldas, de sus defensas y de su portero. No es fácil recordar un equipo con tanta diferencia de recursos entre delanteros y defensores. Y el asunto chirría más aún si pensamos en Agüero, en su determinación y en su calidad. Lo que quedó fue una sucesión de tarjetas, convertido ya el partido en una pelea, sin otra ambición que defender el honor sin mirar el resultado.

No puede ser suerte, porque nadie gana repetidamente por suerte ni pierde por el mismo motivo. Sin entrar en bellezas subjetivas ni en romanticismos opinables, el Madrid es mejor que el Atlético, crudamente. A día de hoy y en los últimos nueve años. Y no es una cuestión de jugar bien o mal. Es cuestión de ganar.

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